miércoles, 17 de julio de 2013

Hostal Amor, segunda edición en Iquitos

El diario La Región, de Iquitos, publica hoy una nota a propósito del libro de Cayo Vásquez "Hostal Amor", que reproducimos aquí:


Presentan segunda edición del libro “Hostal Amor” de Cayo Vásquez

-”Plasmo hechos que me sucedieron o me contaron”, refiere controvertido escritor

El polémico libro “Hostal Amor” del escritor loretano Cayo Vásquez acaba de ser editado en una segunda edición a cargo de la editorial PASACALLE, desde Lima. Este libro fue fuertemente criticado por diferentes medios locales y bien recibido en otras ciudades del Perú, sobre todo en la capital, además de ser difundido en Madrid, España. “Hostal Amor” será presentado este viernes 19 de Julio en el local de eventos del Hotel & Casino Royal Inn, ubicado en la calle San Martín Nº 428 – Iquitos, a las 7:30 pm.

“La Región” tuvo el agrado de conversar con este prolífico escritor, productor de cine y publicista.

Cayo, se acaba de reeditar el libro “Hostal Amor”, ¿Qué nos puedes decir al respecto?

Bueno, que es una gran satisfacción, indudablemente. La primera edición de “Hostal Amor” se publicó el año 2006, bajo la tutela del Gobierno Regional de Loreto; en ese entonces hicieron una convocatoria en la región y salieron seleccionadas diez obras, si no me equivoco, desde entonces nunca más se hizo otra convocatoria de ese tipo. De todas las obras este libro fue el más polémico. Recuerdo que para la presentación de las obras trajeron como presentador desde Lima al gran escritor Oswaldo Reynoso, un ícono de la literatura peruana; yo no pude asistir a dicha ceremonia, y fue él mismo don Oswaldo quien pidió conocerme; desde entonces mantenemos con don Oswaldo una gran amistad, con mucho respeto y admiración mutua, tanto así que él participó como Corrector de Estilos de mi tercer libro: “Wazuriri – Mitología Amazónica”. Luego “Hostal Amor” empezó a tener vida propia y le siguieron varias presentaciones, pero siempre quedaba el sabor de lanzar una Segunda Edición. La gente pedía más ejemplares y empezaron a circular copias fotostáticas del libro y yo enviaba gratuitamente archivos en PDF a quien me lo solicitara. Tuve conversaciones con algunas editoriales, pero nunca se llegó a buen puerto, incluso había firmado un contrato con Editorial Tierra Nueva de Jaime Vásquez Valcárcel, pero no son nada serios en su trabajo, nunca se editó el libro. Tuvo que pasar casi siete años para que se diera esta Segunda Edición con Editorial PASACALLE de Ricardo Vírhuez.

¿Cómo se dio esta oportunidad de volver a hacer una reedición?

Simplemente, creo yo, había la necesidad por parte del público, ya que siempre pedían ejemplares de este libro, pero estaba agotado. Con el editor y escritor Ricardo Vírhuez tuvimos varias conversaciones y al final cristalizamos esta edición; indudablemente todo el trabajo recayó en Ricardo y su sello editorial.

Debo recalcar lo siguiente, y espero que esto nos sirva de reflexión, usualmente una obra literaria (sobre todo en provincias), no pasa de su primera edición; si se logra vender los 1,000 ejemplares ya es un logro bastante grande. Esto es porque no estamos acostumbrados a comprar y leer libros, debido a una política pobre de desarrollo cultural y educativo que viene desde hace muchas décadas. Entonces puedo decir que la Segunda Edición de “Hostal Amor” es un gran logro de este libro, pues está trascendiendo a través del tiempo. Y digo que es un logro del libro, mas no del autor, porque como dije antes cada libro (como los hijos) tienen vida propia.

Leímos el libro y en algunos pasajes encontramos algunos hechos reales que remecieron la sociedad Iquiteña. ¿Toda la obra de “Hostal Amor” está basada en esos hechos?

No necesariamente. Es cierto que en algunos fragmentos narro ciertos hechos que nos golpearon, como el boom del narcotráfico o el petróleo. Pero, en general, plasmo hechos que me sucedieron o me contaron. En realidad un escritor se nutre de todo para crear, como por ejemplo los periódicos y las noticias en cualquier medio. Para mí los buenos escritores también son periodistas, como Gabriel García Márquez.

“Hostal Amor” ya fue ampliamente estudiado en colegios y universidades, no sólo de Loreto sino en otras provincias y en Lima, y en algunas ciudades del extranjero. Está catalogado como una novela de corte erótico-urbano, donde ciertos personajes narran sus historias en primera persona, para luego encontrarse en la habitación de un hostal y desfogar sus penas y alegrías.

¿Tengo entendido que se está desarrollando una serie de presentaciones de este libro en otras ciudades?

Sí, hace poco el Editor al lado de otros escritores lo presentaron en Tarapoto y otras ciudades de San Martín. Está programado presentarlo en el 2do. Coloquio Internacional de Literatura Amazónica en Pucallpa la primera semana de Agosto. En la ciudad de Lima tengo algunas presentaciones preparadas para fines de Agosto.

En Iquitos, después de la presentación central que es este viernes 19, estamos preparando presentaciones en universidades y en la Dirección Regional de Cultura de Loreto.

¿Vendrá alguna personalidad para esta presentación?

Qué bueno que me hagas esa pregunta. Que me disculpen otros escritores, pero yo no soy muy adepto a la parafernalia y el show. Nunca fui creyente de poner un escritor amigo a mi lado para que hable bien de mi obra, ni tampoco gastar dinero trayendo escritores o personajes de televisión para “impulsar” las ventas o me den “buena imagen”. En verdad ¿para presentar un libro sabes qué es lo único que se necesita?: Tener el libro en las manos. Y para que eso suceda hay que trabajar mucho e ir (muchas veces) contracorriente, sobre todo cuando se quiere conseguir subvención o patrocinio de entidades públicas como el Gobierno Regional de Loreto o municipios, donde lamentablemente la gente que los manejan, sobre todo las jefaturas de cultura y educación, son gente sin criterio y carecen de inteligencia, como por ejemplo la Municipalidad de Maynas, donde dicen que “apoyan” el arte y la cultura, cuando no saben ni lo que significan esas palabras.

¿También se anuncia su presentación en la sexta edición del Festival Estamos en la Calle, que nos puedes decir al respecto?

Pues que estoy presto a presentar el libro donde me lo requieran, siempre y cuando se dé su lugar a los artistas, como sucede en el Festival Estamos en la calle; siempre estoy presto a apoyar iniciativas de esta clase.

¿Cómo responderías esas críticas donde dicen que publicar libros en una ciudad donde la población no tienen el hábito de lectura, es una locura?

Si me consideran loco por publicar libros, supongo que debo ser el más loco de todos, porque además de publicar libros doy talleres gratuitos de “Cómo hacer un libro”, que ya va por su 4ta. presentación. Entonces no soy el único loco porque en el último taller que di tuve más de 30 alumnos, personas profesionales con buenos escritos en las manos que no tienen el apoyo económico para solventar una edición. Y vuelvo a recaer en esta gran necesidad que no le importa a nuestras autoridades, quienes administran nuestro dinero y le dan un mal uso, por eso hasta ahora no existe un Fondo Editorial en el Gobierno Regional de Loreto, ni en la Municipalidad de Maynas, mucho menos un concurso de literatura, debemos tomar como ejemplo a otras regiones que sin tener un canon petrolero ni exoneraciones tributarias cuentan con un Fondo Editorial decente y ponen en marcha varios métodos para incentivar la lectura. Pero con la “calidad” de autoridades que tenemos y las personas que ocupan las jefaturas de cultura y educación en el GOREL y los municipios, poco se puede esperar; un ejemplo claro es como el inepto del ex alcalde Salomón Abensur terminó matando la Feria del Libro en Iquitos. Con eso creo que lo digo todo.

¿Algún mensaje que quieras brindar?

Sólo decirle a todas las personas que no están acostumbradas a leer un libro, al menos hagamos algo por los más pequeños, por nuestros hijos, incentivándoles la lectura. Una persona que tiene el hábito de leer no caerá en la ignorancia ni en la estupidez. Si nuestros hijos están bien educados y son medianamente cultos podrán defenderse en la vida, sabrán muy bien cuáles son sus derechos, nadie se aprovechará de ellos y no serán peones de explotadores. Si somos un pueblo preparado será muy difícil que nos gobiernen ladrones descarados.

Cayo Vásquez presentará “Hostal Amor” este viernes 19 de Julio en el local de eventos del Hotel & Casino Royal Inn, Jr. San Martín Nº 428 – Iquitos, a las 7:30 p.m. La entrada es gratuita y están todos invitados. Cabe resaltar que este evento es auspiciado por la Dirección Regional de Cultura de Loreto, Hotel & Casino Royal Inn., Restaurante Fitzcarraldo y Diario La Región. (MIPR)

Tomado de:
http://diariolaregion.com/web/2013/07/17/presentan-segunda-edicion-del-libro-hostal-amor-de-cayo-vasquez/

jueves, 13 de diciembre de 2012

Las historias de Gavino Quinde

Gabino Quinde Pintado.

Juan Rodríguez Pérez / Sauce

Hace poco en el I Coloquio de Literaturas Amazónicas se hizo alusión a la guerra que se vivió en San Martín y que no se refleja en su literatura, a pesar de la violencia con que se desencadenó. En este sentido habría que tener en cuenta que los protagonistas involucrados, de alguna manera se vieron favorecidos con el advenimiento de esta guerra que englobaba a dos frentes claramente definidos: narcotráfico y la subversión. Ambos, tomados de la mano, involucraron a la población que despertó y sin saber qué partido tomar optaban por el que les favorecía más a nivel personal como regional.

A pesar de la desgracia que les acogía, el poblador de la selva no perdía su alegría; es así, como afirma Marticorena, que esa alegría amazónica no le permite reflexionar en profundidad sobre la realidad vivida. A pesar de la existencia de material para la elaboración de una narrativa que traspase las fronteras no solo de la región, sino del país, esta no se da, y lo poco publicado no alcanza niveles de repercusión que permitan la reflexión.

Gavino Quinde Pintado, un autor conocido en la región, pero desconocido para la mayoría, en su libro Historias que conmueven (2012) a través de su cuento “Andanzas peligrosas” nos retrata parte de la violencia vivida en la zona de Tocache llegando hasta Campanilla, donde, aprovechando la fuga que se da en medio de la selva y la persecución de parte del grupo sedicioso, le sirve de pretexto para dibujar personajes que ven de diferentes maneras el sistema de vida de algunos pobladores.

No es el único autor, pero me he detenido en él y en este cuento particularmente porque considero que la violencia que describe, especialmente al navegar el río Huallaga, se acerca más a la realidad observada durante mis viajes a esta zona.

Los demás cuentos y relatos que integran el volumen, en su mayoría anécdotas enriquecidas, sutilmente trazadas, con la visión y la calidad de Gavino, tocan diferentes puntos cotidianos, bastante personales, y con el ánimo didáctico. Los cuentos empiezan con una descripción del escenario donde arranca la historia para trasladarnos, poco a poco, a otros escenarios y rematar con un tono de nostalgia.

Punto aparte merecen los cuentos “Abnegada” y “La piedrecilla azul”, la primera por la ternura que nos transmite el autor a través de las aves sobrevivientes al incendio, y el segundo cuento, lleno de imágenes que juega con el surrealismo y la imaginación del lector.

En suma, una colección bastante lograda, con un estilo sencillo, donde se conjuga el humor y la violencia. Sin duda, un autor a tomarse en cuenta.

martes, 30 de octubre de 2012

Las travesuras de Ana Ríos González


José Luis Ayala / Puno


La escritura creativa tiene dos modos de expresarse, dos lenguajes, dos vertientes definidas: la ficción y la no ficción. La ficción sirve para escribir por ejemplo: cuento, novela, poemas, crítica literaria, periodismo, etc., etc. La escritura de no ficción para escribir libros de investigación científica, de ciencias sociales como historia, sociología, antropología, etc., el escritor no tiene libertad para fantasear a su libre antojo e imaginación. El ensayo en cambio, es un género maravilloso porque permite al autor equivocarse y a la vez emitir opiniones libres, criticar para reedificar una dolorosa realidad. Pero no es ficción, sin embargo, es un género cómodo para emitir opiniones críticas y acercarse sin temor, por ejemplo a una realidad determinada para analizarla.


Pero cuando aparece un libro singular como Travesuras amazónicas, cuya autora es la narradora amazónica Ana Ríos González, el lector se pregunta: ¿Con qué clase de escritura están registradas esas narraciones? ¿Hasta dónde constituye un transvase de la oralidad a la escritura creativa de ficción? Ese es un tema que los críticos todavía no han trabajado y tendrán que dilucidar. Por eso, la irrupción literaria de Ana Luisa comparada a un río de narraciones selváticas, no solo es un fenómeno esperado hace años, sino que refresca una narrativa peruana citadina empeñada en imitar y aceptar los cánones que impone una mentalidad cultural colonial.

¿Cuál es la técnica literaria con la que desarrolla sus temas? Este es un asunto absolutamente importante plantearlo, antes de entrar a otros comentarios y apreciaciones críticas. Se trata de una acción mixta, de una doble vertiente, debido a la necesidad de una comunicación, destinada a la educación para niños. Primero aparece la expresión de la oralidad como soporte, acompañado de la manera de escribir narraciones que deben leer primero los maestros. Así, esta especie de hibridez narrativa, le otorga al libro un encanto maravilloso, singular, inesperado. Sin duda es también una muestra de un aprendizaje fecundo, de una manera de empezar a escribir, seguramente que después vendrán grandes libros referidos a la Amazonía.

Un cuento desde el punto de vista técnico debe necesariamente tener condiciones básicas para ser tomado en cuenta como tal. Debe tener personajes, circunstancias que traduzcan la condición humana, un adecuado lenguaje como propio, el tiempo en que transcurren los hechos y originalidad. Estas exigencias se cumplen en este libro. Pero como los personajes además de ser seres humanos son animales, es la razón por la que las narraciones se refieren a animales protagonistas que hablan, sufren y viven en un mundo en el que la depredación es una realidad constante.

En efecto, la escritura creativa se abre paso a través de la oralidad con un particular acento. Aparece la riqueza de la realidad cosmogónica que traduce la forma como piensan y hablan los seres humanos y animales, los diálogos son breves y precisos debido a la exigencia de una mentalidad real maravillosa. ¿Es un acto de creación literaria? Por supuesto, las narraciones revelan un universo que no conocemos nada, pero a la vez vienen a ser una realidad en la que todo tiene vida y los animales se comunican. Los árboles, las flores, el agua, las piedras, los astros, pero especialmente los animales más vulnerables tienen el uso de la palabra; en otras palabras, debido a la mentalidad mágico-didáctica de Ana Ríos González, como en el universo aymara y quechua, todos los elementos se comunican, de modo que nada está muerto.

“Travesuras amazónicas” es un libro que debido a la vocación docente de Ana Ríos González, está destinado para los niños, por eso es que tiene un definido criterio didáctico y pedagógico. Fue escrito pensando también que debe servir a los padres y maestros para formar una conciencia ecológica, destinada a la defensa y a salvar a la selva de la depredación como de la inminente extinción del oxígeno. Más allá de todas las narraciones, cuando el lector termina de leer este cautivante libro se pregunta: ¿Entonces, qué sucederá si se destruyen los ecosistemas donde los animales hablan, viven y son libres? ¿Por qué esta clase de libros no leen todos los niños del Perú? ¿Por qué el ministro de cultura y la ministra de educación no reeditan este libro? La respuesta es que están ocupados en otros asuntos más importantes menos en educación ni en cultura, hasta que Nadine Heredia los releve y los mande a sus casas.

Por supuesto que el chullachaki ocupa un lugar central, pero también el waywasitu, la isula, el ratón que se comió la luna, la luna como exótica flor y doncella, el chapito, el jergón, el vacamuchacho, el loro, las luciérnagas, la tartarilla y el manatí. Pero además, las narraciones toman en cuenta a los animales más pequeños como las hormigas. Es decir, que frente al abuso de una narrativa urbana para niños que trata temas intrascendentes, este libro de Ana Ríos González, llega en el mejor momento en que finalmente se ha tomado conciencia de que el Perú ocupa en América Latina, uno de los últimos lugares en lo que se refiere a lectura de niños y adultos.

El chullachaki es un personaje central que pertenece a la mitología amazónica, pero todavía no tiene un escritor que haya realizado un estudio desde un esquema del contraensayo, para realizar una nueva lectura. Hasta ahora se repiten conceptos elaborados por la cultura dominante con un criterio eurocentrista, desde la imposición de ideas que provienen de los medios que propalan una antieducación y antivalores. En realidad se debe hablar de cosmopercepción, frente a la palabra cosmovisión que es un concepto impuesto. En la Amazonía y la cultura andina, el conocimiento no es por la visión, por lo que se ve, sino por lo que se percibe. Ese hecho se registra en este libro, es un aporte que es preciso reconocerle a Ana Ríos González.

"Jeruana, la gergón amargada" es una narración que transcurre “En Angotero, una comunidad kichwa del Alto Napo” y trata de una doncella llamada Jeruana Araco. La abuela le enseñó a valorar su cultura y a trabajar con respeto a la naturaleza. Pero aparece un diálogo, que es el único escrito en quechua. Ana escribe: “Al momento de sacar la greda, los padres de Jeruana pronunciaron el siguiente discurso:

- Sapira mama kampa allpata kuyaway ñuka minishtiskata rurankapa (Madre de la greda, por favor, regálame tu greda para hacer lo que necesito”.

Un trabajo que falta hacer es registrar la nueva y dolorosa realidad lingüística y cultural de la Amazonía, pero no solo de la Amazonía sino del Perú. Tenemos el deber moral de leer la realidad peruana para saber qué hemos sido, qué somos y qué queremos ser. Pero como hay temor a verdad y a las cifras, los gobiernos siempre manipulan las estadísticas, se dice que el Perú crece económicamente como ningún país en América Latina, pero la pobreza y la desigualdad crecen mucho más. Mientras tanto, es la literatura que suple a los estudios sociales, un ejemplo es el libro precisamente de Ana Luisa Ríos González, en el que se revela un mundo condenado a desaparecer, si es que el Estado peruano, en realidad el pueblo peruano no toma una determinación política.

Cuando desaparece una lengua o una cultura es grave para la integración y el imaginario colectivo. Ninguna cultura es mejor que la otra, solo hay culturas dominantes y dominadas. De allí la necesidad de que los escritores decidan hacer lo que el Estado no hace, por ejemplo, quisiéramos pedirle a Ana Luisa que escriba un Diccionario de la cosmopercepción de la Amazonía. Su libro tiene conceptos esenciales de un trabajo que puede ampliar, ese es el comienzo. Ese sería un gran aporte, después no tendrá necesidad de recurrir a otras fuentes para escribir cuentos y novelas. Por supuesto, cualquier investigador puede escribir un libro sobre este tema, pero es mejor que lo haga una persona que conozca los idiomas, las mentalidades, que hable con la gente y recurra a las fuentes más autorizadas.

Seguramente que Ana Ríos González seguirá escribiendo otros libros de mayor aliento y depurado oficio. Por lo que es lícito pedirle que trabaje rescatando otros idiomas y temas, de modo que sus cuentos y novelas sean creados con un lenguaje híbrido amazónico. Eso es lo que esperamos de ella. Sabemos también que no se trata de una narradora con una evidente orfandad ideológica, sino que tiene un compromiso pedagógico-ideológico con el Perú esencial. Esperemos sus libros escritos como decía Gamaliel Churata, desde la célula, para traducir la tragedia y maravillosa experiencia humana, de haber nacido, amado, escrito y luchado por un proceso de descolonización cultural como ideológica en el Perú, desde el fondo de América.

domingo, 26 de agosto de 2012

Crónica sobre eI I Coloquio Internacional de Literaturas Amazónicas


Cristian Ángel Meléndez Obregón / Lamas
pegasus-cta@hotmail.com 

Era la segunda vez que viajaba a Lima, y también la segunda vez que viajaba en avión. No tengo mayores recuerdos de esa primera vez que subí a un avión, tenía siete u ocho años y en aquella ocasión mi padre nos había llevado, a mi hermano y a mí, a Pucallpa para luego ir en carretera hasta Aucayacu a darle una sorpresa a mamá. La sorpresa funcionó, por cierto.

Era jueves en la tarde, el dos de agosto para ser precisos, alisté mi maleta que estaba repleta de libros de mis amigos escritores de Lamas, miembros del Grupo Literario Machusacha, para exponerlos en el evento y me quité rumbo al aeropuerto; el avión saldría recién a las seis y media. Días atrás Silvia Quevedo me había conseguido los pasajes ida y vuelta en Star Perú gracias a una invitación que me hizo Ricardo Virhuez, director de la Revista Peruana de Literatura, para participar en el I Coloquio Internacional de Literaturas Amazónicas, no como ponente (ya llegará la oportunidad) sino como asistente, pero de todas maneras sabía que era un evento imperdible para alguien como yo, que ama la literatura y se reconoce como alguien que necesita aprender mucho más todavía. Intuía que iba a encontrarme no solo con nuevos conocimientos sino con ciertas revelaciones. No me equivoqué.

Llegué a Lima casi a las diez de la noche, se dieron varios retrasos desde la partida en Tarapoto, luego la parada que hicimos en Pucallpa (una breve escena de niño emocionado recordando el viaje que hice con mi padre y mi hermano), en fin. Mi hermano Erick me estaba esperando en el aeropuerto, me ayudó mucho, tengo que reconocer, sobre todo en eso de movilizarme en la gran ciudad, pues es taxista. El Coloquio empezaría mañana, jueves tres de agosto, así que luego de comer en el chifa del Chino, un amigo de mi hermano, y conversar con mi hermano un buen rato, dormí abrigado. En buena hora le hice caso a mi viejita que insistía que trajera mi casaca.

Todo el evento se desarrolló en un lugar al que hace rato quería conocer, y recorrerlo por entero: la Casa de la Literatura Peruana. No podría haber mejor lugar que este para un evento de esta naturaleza. Tengo que remarcar que el Coloquio tuvo un pronunciado tono académico, con ponencias muy interesantes sobre temas directa o tangencialmente relacionadas a las literaturas amazónicas. Y digo “literaturas amazónicas” porque desde el principio se puso énfasis en el concepto de que en la Amazonía peruana no se hace una sola literatura amazónica sino varias literaturas, desde la perspectiva del tema, del estilo, de la geografía incluso, puesto que la Amazonía es vasta, llegando a ocupar más del 60% del territorio peruano.

Javier Garvich, sociólogo y escritor miembro del equipo organizador del evento, en parte de su participación en la apertura del Coloquio el viernes en la mañana a las diez y un poco más, se refirió a algo que ya de cabeza nos introducía en el tema de la Amazonía: existe una visión distorsionada de la Amazonía desde el otro, del que no comparte sus códigos culturales. Esa visión distorsionada se explica en tres sentidos: se considera erróneamente a la Amazonía como un lugar “vacío”; se tiene una mirada exótica, paisajística, ecológica; se mira a la Amazonía solo como un destino turístico. Y aunque tienen algo de verdad por sí mismos, son visiones parciales de la Amazonía, aproximaciones inexactas y por lo mismo proporcionan una imagen no real de la Amazonía y sus problemas, sus potencialidades. Esto se refleja por ejemplo en el plano de la literatura donde hay una clara exclusión de los escritores amazónicos en las distintas antologías que se han hecho y en los estudios de la literatura peruana que se han publicado todos estos años.

Se sentía en el ambiente una expectativa latente, las ansias por nuevos conocimientos que durante esos dos días que duró el evento fueron en gran parte satisfechos. Los ponentes eran docentes universitarios en muchas ocasiones, pero también estaban los escritores, la voz de los creadores abordando desde su experiencia la realidad amazónica en sus narraciones, en sus poemas. Casi nos sentimos transportados a la selva ucayalina cuando una docente universitaria de origen asháninka, que había venido desde Pucallpa al evento, cantó telúricamente, en su idioma asháninka. Nosotros allí, en pleno centro histórico de Lima, siendo testigos de una bella muestra viva de la cultura asháninka. Inolvidable.

Pero en el Coloquio no solo se trató sobre pueblos nativos amazónicos como los Asháninka, Shipibo Conibo y Awajun y su cultura, y literatura obviamente. Temas tan interesantes como “La historia del caucho en la Amazonía” donde, entre otros ponentes, el doctor Gonzalo Espino Relucé presentó en su ponencia datos tan escalofriantes como que en aquella oscura época del caucho, fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, se registraron más de treinta mil indígenas nativos de la Amazonía, específicamente en la zona del Putumayo, teniendo como principal responsable de tal genocidio a Julio C. Arana; y el gobierno (¿es de extrañar?) en aquel entonces se hizo el mudo, el ciego y el sordo ante las decenas de denuncias de tamaña barbarie. Y como revelación, para mí, en estas ponencias descubrí que Jenaro Herrera, el primer escritor sanmartinense nacido en Moyobamba en la segunda mitad del siglo XIX de reconocimiento nacional, era un defensor de Arana en sus escritos, llegando a describirlo como un “patriota” (vaya decepción).

Particularmente interesante me resultó el tema “Ayahuasca, mariris e icaros en la literatura”, donde Ronald Rivera Cachique en su ponencia demostró que hay varios casos de artistas y escritores que influenciados por la ayahuasca desarrollaron su arte, un arte más sensible si se quiere, pues atribuye que la ayahuasca proporciona una estética diferente, un cambio de perspectiva para una nueva mirada de la realidad. Asimismo, Feliciano Mejía Hidalgo y Dimas Arrieta Espinoza con años de investigación y experimentación con el tema abordaron cada uno en su ponencia lo referido a “mariris” y a “icaros” respectivamente.

Fueron muchos los temas abordados, varias ponencias muy bien planteadas; pero hay un tema en particular dentro de todos los desarrollados en este evento que me parece bastante sugerente y que fue abordado por una sanmartinense justamente, Haydith Vásquez del Águila: el conflicto armado en San Martín, la presencia del terrorismo en la literatura producida en la Amazonía, y específicamente en San Martín. Haydith Vásquez mencionó a varios escritores sanmartinenses, entre ellos al narrador lamista Julio Mori Villacorta, quien en uno de sus libros aborda este tema; a Gavino Quinde Pintado, Jorge Mesía Hidalgo y otros más. Falta una mayor investigación, profundizar al respecto, puesto que apenas se ha mostrado la superficie de un tema rico en posibilidades narrativas.

Y entre las ponencias, ya casi para terminar el evento el sábado cuatro en la tarde, se presentó el libro de dos narradores sanmartinenses, uno nacido en Sauce pero con muchos años residiendo en Lima, Juan Rodríguez Pérez. Caliente caliente nomás porque esa mañana habíamos visitado con él la editorial donde se hacía la publicación y en la tarde se presentaba su libro de cuentos “La sonrisa de Mariana”, donde muestra que es un gran narrador, definitivamente recomendable su libro; el otro escritor sanmartinense que tuvo el espacio para presentar sus libros fue Darío Vásquez Saldaña, quien de manera amena hizo una breve exposición de sus tres libros de cuentos, el último de ellos titulado “El tunchi enamorado”.

Dos días inolvidables y de gran aprendizaje intercultural, de un renovado compromiso social y de reivindicación de nuestra Amazonía, en particular de la literatura que se produce en ella. Y fue bueno haber estado presente en este evento, y escuchar así a Ricardo Virhuez Villafane, director de la Revista Peruana de Literatura y autor de más de diez libros, decir que “San Martín fue la madre de la literatura amazónica” o, como decía al inicio de esta crónica, de las literaturas amazónicas.

Para el próximo año se acordó la realización del II Coloquio en Pucallpa, habrá que ir de todas maneras.

El domingo en la noche ya estaba de regreso, con varios libros más en el maletín. Falta conocer más de la literatura que se produce en nuestra Amazonía, en nuestra región. Tenemos que ser muy exigentes con nosotros mismos, producir libros de mejor calidad tanto por el texto como por el formato. Que al fin de cuentas, la calidad y la originalidad vencen todas las fronteras geográficas, las limitaciones y las mezquindades de una literatura históricamente excluyente y miope.

sábado, 25 de agosto de 2012

La sonrisa de Mariana

Ronald Arquíñigo / Lima

Pocos libros de cuentos como este consiguen atrapar la atención del lector, y no solo por las historias que ofrece, sino también por la prosa con la que está compuesto. Juan Rodríguez Pérez se muestra como un escritor de innegable talento.

Tiene el manejo del lenguaje tan eficaz que, de pronto, su libro se nos antoja tan clásico y condenado a la perpetuidad como un Hernández o un Izquierdo Ríos (si es que acaso la perpetuidad no es una bendición para algunos). 

Los cuentos de La sonrisa de Mariana muestran a personajes tan sencillos pero en situaciones inverosímiles que nos reconocemos todos, ya que en la mayoría de estos la mujer se presenta como el nudo de un sentimiento que adhiere a los hombres de una tribulación importante que los lleva a eventos no menos importantes. 

El lenguaje es tan sencillo que pareciera que el libro no hubiera sido escrito durante más de diez años, sino contado oralmente y a su vez traducido en el papel; pero esto no es la desvalorización de su material narrativo; al contrario, potencia el valor de su trabajo, porque en la sencillez de la palabra se encuentra la garantía literaria de su autor. Sin duda un valiosísimo escritor.


Juan Rodríguez Pérez: La sonrisa de Mariana. Lima, Ed. Rezistencia, 2012. 144 pp.

martes, 1 de mayo de 2012

Mi contacto con la literatura amazónica


Manuel Marticorena Quintanilla / Iquitos


            Cuando era niño (1956) aprendí a leer con un texto voluminoso muy recordado, se titulaba Upa. Al año siguiente, cuando me encontraba en segundo grado de primaria el incentivo por la lectura por parte del profesor era intenso, entre esas lecturas nos proporcionó el libro Mi Perú, que trataba sobre distintos aspecto de la realidad peruana en sus tres  regiones y   la lectura que se grabó definitivamente en mi cerebro fue la fotografía de niños parados en un puente techado  que era el puente más largo del Perú ubicado en Requena. Mi inquietud por conocer Requena fue constante, hasta que en 1958 el profesor en su enseñanza de Geografía nos mostró en el mapa los departamentos del Perú entre ellas había una extensión mayor de color verde que era Loreto, allí pude ubicar a Requena. Muchas veces soñé conocer dicha ciudad.
            Cuando ingresé a segundo año de media (1962) en el texto Castellano de Santillán Arista leí las narraciones Yacumama y La selva de los venenos de Ventura García Calderón, que volvieron a fascinarme a diferencia de otras lecturas. Pensaba una y mil veces que en la selva habían serpientes que eran niñeras como sucedía con la Yacumama que a Jenarito le salva del tigre y muere defendiéndolo. También me quedé con la intriga de que  había una especie de hermosa mariposa llamada chichara machacui que era venenosa. Después leí  un fragmento de la novela Sangama, el pasaje en que Abel Barcas está descansando en una choza o tambo y cuando del techo cae una serpiente y se le introduce a la pierna por la basta del pantalón, haciéndole permanecer inmóvil y aterrorizado al protagonista, cuando llega Sangama y lo libra del peligro en una forma original y sencilla; no tengo la memoria en qué libro lo leí, pero me da la impresión que también fue en el texto de Santillán Arista, fue otra narración que me hacía pensar en la selva. Narraciones de esta naturaleza y más las numerosas novelas de la editorial Tor cuya colección completa lo leí (1962-1965), a tal punto que cuando finalicé el quinto año de educación secundaria, me llevaron a seguir la especialidad de Lengua y Literatura en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, a la vez descubrí que las vivencias que había pasado en Chincha Alta en la Gran Unidad Escolar José “Pardo y Barrera”, habían sido de discriminación feroz por parte de mis compañeros de estudio como por los profesores, dada mi formación cultural andina, pero que lo había solucionado con un silencio completo que llegaba hasta el mutismo.
Ya en la biblioteca de la Universidad leí el libro de cuento El árbol blanco de Francisco Izquierdo Ríos, que decidieron mi fascinación por la selva y su literatura, pero no encontré más libros de literatura amazónica, al mismo tiempo me fascinaba ese mundo fabuloso que era la amazonía.
Ya como docente titulado y habiendo trabajado en una escuela unidocente primaria en 1971, al ir a cobrar mis haberes a la ciudad de Ica en enero de 1972, en forma casual me encontré con el Ingeniero Agrónomo Alfonso Guillermo Ramos Mateo que me habló de una vacante precisamente para un docente de Lengua y Literatura en Tamshiyacu, que viendo en el mapa quedaba en Loreto, fue suficiente para aventurarme por conocer y trabajar en ese mundo misterioso. Es así como llegué a Iquitos el 13 de abril de 1972 y lo primero que busqué en las librerías (siendo una de las mejores la librería “Mosquera”),  fue literatura amazónica y sólo encontré el poemario Noches de guardia, que de inmediato lo compré. El 14 de abril en compañía del ingeniero Ramos viajé a Tamshiyacu en un botemotor, fue un viaje novedoso, sobre todo observar durante el viaje el baño del atardecer de las mujeres desnudas a lo largo del río Amazonas, todas con un comportamiento natural, sin ninguna vergüenza ni pudor. Ya en el Instituto Agropecuario Nº 75 de Tamshiyacu en su biblioteca encontré la novela Sangama, que lo leí de inmediato y comenté a los profesores, entre los cuales se encontraba uno apellidado Sangama y cuando finalizó su lectura lo primero que pregunté al profesor Juan Sangama fue si era verdad los diversos sucesos de la novela en plena selva virgen y él me dijo que eran ciertos; verdad que fui comprobándolo durante los cinco años de mi permanencia en el lugar, a tal punto, que llegué a la conclusión de que la novela Sangama es una especie de manual para subsistir en la selva. También le pregunté si existía el puente largo de Requena (él  había estudiado en dicha ciudad) me comentó que sí existía pero cuando viajé a la ciudad ya no había pero los pobladores me comentaron que desapareció por el cambio de curso del río. También pude constatar que la chicharra machacui es venenosa solamente en la temporada que el árbol llamado lupuna florece. De igual modo constaté sobre la existencia de ese manjar que comía Jenarito y era el tostado de un insecto llamado suri, manjar que me agradó, pero constaté que era una ficción la narración sobre la yacumama.   
            Mi permanencia en Tamshiyacu fue decisiva para dedicarme a la intensa lectura de la literatura amazónica durante cinco años en que comencé a escribir el Proceso de la Literatura Amazónica que se encuentra inédita y cuando llegué a trabajar en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana fue mayor mi dedicación a la Literatura Amazónica, especialidad que en mi vida es una pasión y de constante búsqueda de numerosos textos que apenas los conozco por su título y se siguen presentando en los lugares más inusitados como las diversas bibliotecas escolares de la costa peruana, mientras en las bibliotecas de la amazonía no existen.

Otra vez Urteaga


Ricardo Vírhuez Villafane / Lima 

            Pocas veces la literatura peruana ha sido testigo del encuentro entre la destacada creación verbal y la conducta coherente del autor. Los nombres de César Vallejo o José María Arguedas son solo puntas de un breve pero respetable abanico de escritores que vivieron al filo del ejemplo. Un caso parecido es el del escritor Luis Urteaga Cabrera (nacido en Cajamarca en 1940), quien en medio de los acomodos inverosímiles de la mayoría de escritores peruanos opta por la marginalidad auténtica que se desentiende de los fuegos artificiales de la fama y de la promoción personal.
            Su comportamiento le viene del carácter y de la experiencia. Al arribar a Lima, joven y lleno de esperanzas, de esas que son capaces de remover el mundo, estudió medicina en la universidad de San Marcos sin sospechar que la vida le depararía otro tipo de desafíos. Nada menos que los de la pasión literaria. Pero antes de caer en las bellas garras de la palabra creadora, sobrevivió a las penalidades que la vida le enrostró en esos años de formación juvenil y adolescente.
            Durante una clase en la universidad, mientras el profesor exponía sobre medicina humana, Lucho Urteaga sintió vahídos, sueño. El cansancio y la debilidad le vencían. El profesor advirtió la presencia del hambre en esos ojos agotados y la mirada ausente del estudiante, le recomendó descanso y lo mandó a casa. Lucho Urteaga subió al micro mientras las piernas se le doblaban. Miró los breves edificios y la gente que parecían desdibujarse, y finalmente bajó poco antes de llegar a casa. No aguantaba más. El mareo iba en aumento. La visión se le iba. Se arrinconó contra las paredes y caminó pegado a ellas. Finalmente, cayó derrumbado sobre el suelo.
            Despertó tres días después. No recordaba nada. Una niebla parecía abrirse ante su mirada sorprendida. Solo veía a los amigos que le rodeaban y los tubos de plástico del suero que lo había alimentado durante esos días de ausencia y abandono. Pensó entonces en la vida difícil de esa Lima injusta que quería condenarlo solamente a sobrevivir, a arañar los días y las noches con migajas de solidaridad. Si el dolor hace humanos a los hombres, a Lucho Urteaga le hizo comprender su inmenso poder frente a los espíritus generosos.
            Años después obtendría el primer lugar en el concurso internacional de novelas Primera Plana-Sudamericana (l969), en Argentina, por su extraordinaria obra Los Hijos del Orden. Sin embargo, la suerte del libro parecía condenarlo a la batalla. El golpe de Estado que los militares propinaron al pueblo argentino impidió que el premio se hiciese efectivo. Pero la novela no se quedó tan sola y tan callada. Además de provocar la protesta y el juicio legal de algunos intelectuales, se ganó limpiamente el premio nacional de novela ‘José María Arguedas’ 1973, y Los Hijos del Orden  fue inmediatamente publicada por Mosca Azul y más tarde reeditada por Arteidea en 1994.
            Mientras tanto, Lucho Urteaga siguió construyendo esos hermosos universos de palabras a través de cuentos vigorosos y obras para teatro (había ganado el premio nacional de teatro Telecentro 1975 por la obra Danza de las ataduras, y el premio nacional de cuento Visión del Perú 1968 por La justicia no cae del cielo). Trabajó para algunas organizaciones populares y conoció de cerca los encuentros y desencuentros entre la amistad compartida y los abandonos y traiciones de compañeros de ruta. Viajaba a provincias cada cierto tiempo, viviendo y padeciendo los sinsabores y alegrías de los trabajadores a quienes reflejaba en sus obras. Hasta que de pronto algunos shipibos le pidieron trabajar al interior de sus organizaciones para dotarles de orientación y sentido.
            Entre la vida familiar y el servicio a aquellos pobladores indígenas que lo requerían, contando con la inigualable comprensión de su compañera, Lucho Urteaga eligió el largo itinerario y se internó en la selva ucayalina. Conoció en carne propia aquellos universos que más tarde retrataría en sus cuentos maravillosos, aprendió la lengua nativa e intentó compartir la vida –que luego se haría entrañable– de los legendarios shipibos.
            Al comienzo fue difícil. Para hablarles, ¿cómo llamarlos, cómo reunirlos? Sus intentos de invitación verbal resultaron divertidamente recibidos, pero nadie acudía a las asambleas ni por curiosidad. Habría como una mirada de impotencia en sus ojos acostumbrados a dar todo de sí. Pero un compañero suyo, shipibo y mejor conocedor de las costumbres caseras, encontró la llave maestra. Los convocó a través de la magia de la palabra. Los juntó con la complicidad de un narrador oral, de un hablador que de un momento a otro dejó fluir ese magma de historias que entretejían la vida shipiba y pronto, enseguida, la maloca que les servía de auditorio se encontraba llena, repleta de atentos y maravillados oyentes, niños y jóvenes, hombres y mujeres embrujados por la voz imponente del contador de fábulas.
            Esta escena es muy parecida a la contada por Mario Vargas en su novela El hablador, con la diferencia que los machiguengas, según el narrador arequipeño, cuentan en secreto sus historias, mientras que los shipibos de Lucho Urteaga hablan públicamente, se regodean con la representación teatralizada del relato y, antes de simplemente oír, viven una experiencia. De este modo pudo hablarles de la necesidad de organización y los shipibos pronto asumieron la responsabilidad y el reto. No podía ser de otra manera. Otros pueblos indígenas también habían comenzado a organizarse, como el aguaruna, que más tarde se haría poderoso, y los organismos del gobierno de entonces habían empezado a agruparlos con fines proselitistas.
            Cerca de diez años en la selva (entre 1979 y 1988) hicieron de Lucho Urteaga un hombre enamorado de su pueblo. Se había acostumbrado a no permitir las injusticias. Enarbolaba en su conducta la firme conciencia de que la amistad y la solidaridad son, más que conceptos, realidades palpables que pueden guiar verdaderamente nuestros pasos.
            No había pertenecido a grupos literarios ni probablemente su espíritu independiente se lo hubiera permitido. Tal vez por ello no se hizo tan conocido. Tal vez por ello no fue objeto de falsos homenajes ni menciones artificiosas. En cambio permaneció en la conciencia de los lectores que veían en él al hombre y al escritor por cuya conducta coherente se sentían tocados, conminados. Si algún lector ingenuo creía que Ribeyro era el escritor querido y Mario Vargas el admirado, Lucho Urteaga era, además de querido y admirado, respetado.
            Por eso cuando surgieron sus libros de cuentos de tema indígena El universo sagrado (1991) y, especialmente, El arco y la flecha (1996), advertimos en ellos un mundo inédito que tomaba forma, que adquiría una voz particular y se imponía en las letras peruanas por mérito propio. Sus cuentos eran perfectos. Miguel Gutiérrez no dudó en llamarlos clásicos, y los comparó con las creaciones de Joyce, Rulfo, Babel, Guimaraes Rosa. Sin embargo, la crítica oficial se hizo la sorda, muda, bizca y ciega.
            Algo parecido había ocurrido cuando en la década del 70 publicara Los hijos del orden. Se dijo anecdóticamente que era una novela que retrataba la vida carcelaria en el reformatorio de Maranga, como una obra social más en la literatura peruana, pero se acallaba su alto valor literario, su modo maestro como daba vida y voz mediante el lenguaje accidentado y emotivo a diversos sectores de la sociedad peruana que, curiosamente, hasta nuestros días no la tienen. Se habló de su deuda con Mario Vargas por el uso de contrapuntos, ocultando que dicho recurso debe más en las letras peruanas a Joyce, Faulkner y Onetti, que a Vargas.
            También publicó breves libros para niños. Fábulas del otorongo y otros animales de la amazonía (1994, premio IBBY–International Board on Books for Young People) y Fábulas de la tortuga, el otorongo negro y otros... (1996) nos acercaban a una sensibilidad curiosa, no exenta de preocupación por la formación de los niños ni ternura por ellos. Si ya desde antes, desde aquella entrevista setentera realizada por una revista con la foto inmensa de un Lucho Urteaga de anteojos y ropas negras, vislumbrábamos al escritor consciente de su proceso literario, no nos sorprende luego arremetiera con una obra  polémica: Más allá de la escuela. Una educación para el cambio (1999). En ella destaca la minimizada relación entre sociedad y educación, disecciona las fuerzas sociales en pugna y, nada ingenuo, plantea las bases de una educación que realmente devuelva la dignidad a los hombres, demasiado alejados de su propia naturaleza debido a una educación abiertamente inhumana.
            Aún no se ha dicho una sola palabra sobre este texto, y probablemente Lucho Urteaga espera con humor que el silencio continúe. Escribe para debatir ideas, para aportar dentro de ese ámbito importante que es la educación y la literatura, y no para soñar con catálogos y reseñas pasajeras. Se cuida bien de todas ellas, aunque a veces los amigos lo traicionemos con algunas públicas palabras. En su cálida casa de Pueblo Libre, un vaso de vino tinto tiene el viejo sabor de la esperanza. El mundo de la banalidad cultural hoy en moda no le pertenece. El mundo vivo sí, aquel de los cambios y contradicciones, el de la coherencia y la amistad ejemplares.