martes, 1 de mayo de 2012

Mi contacto con la literatura amazónica


Manuel Marticorena Quintanilla / Iquitos


            Cuando era niño (1956) aprendí a leer con un texto voluminoso muy recordado, se titulaba Upa. Al año siguiente, cuando me encontraba en segundo grado de primaria el incentivo por la lectura por parte del profesor era intenso, entre esas lecturas nos proporcionó el libro Mi Perú, que trataba sobre distintos aspecto de la realidad peruana en sus tres  regiones y   la lectura que se grabó definitivamente en mi cerebro fue la fotografía de niños parados en un puente techado  que era el puente más largo del Perú ubicado en Requena. Mi inquietud por conocer Requena fue constante, hasta que en 1958 el profesor en su enseñanza de Geografía nos mostró en el mapa los departamentos del Perú entre ellas había una extensión mayor de color verde que era Loreto, allí pude ubicar a Requena. Muchas veces soñé conocer dicha ciudad.
            Cuando ingresé a segundo año de media (1962) en el texto Castellano de Santillán Arista leí las narraciones Yacumama y La selva de los venenos de Ventura García Calderón, que volvieron a fascinarme a diferencia de otras lecturas. Pensaba una y mil veces que en la selva habían serpientes que eran niñeras como sucedía con la Yacumama que a Jenarito le salva del tigre y muere defendiéndolo. También me quedé con la intriga de que  había una especie de hermosa mariposa llamada chichara machacui que era venenosa. Después leí  un fragmento de la novela Sangama, el pasaje en que Abel Barcas está descansando en una choza o tambo y cuando del techo cae una serpiente y se le introduce a la pierna por la basta del pantalón, haciéndole permanecer inmóvil y aterrorizado al protagonista, cuando llega Sangama y lo libra del peligro en una forma original y sencilla; no tengo la memoria en qué libro lo leí, pero me da la impresión que también fue en el texto de Santillán Arista, fue otra narración que me hacía pensar en la selva. Narraciones de esta naturaleza y más las numerosas novelas de la editorial Tor cuya colección completa lo leí (1962-1965), a tal punto que cuando finalicé el quinto año de educación secundaria, me llevaron a seguir la especialidad de Lengua y Literatura en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, a la vez descubrí que las vivencias que había pasado en Chincha Alta en la Gran Unidad Escolar José “Pardo y Barrera”, habían sido de discriminación feroz por parte de mis compañeros de estudio como por los profesores, dada mi formación cultural andina, pero que lo había solucionado con un silencio completo que llegaba hasta el mutismo.
Ya en la biblioteca de la Universidad leí el libro de cuento El árbol blanco de Francisco Izquierdo Ríos, que decidieron mi fascinación por la selva y su literatura, pero no encontré más libros de literatura amazónica, al mismo tiempo me fascinaba ese mundo fabuloso que era la amazonía.
Ya como docente titulado y habiendo trabajado en una escuela unidocente primaria en 1971, al ir a cobrar mis haberes a la ciudad de Ica en enero de 1972, en forma casual me encontré con el Ingeniero Agrónomo Alfonso Guillermo Ramos Mateo que me habló de una vacante precisamente para un docente de Lengua y Literatura en Tamshiyacu, que viendo en el mapa quedaba en Loreto, fue suficiente para aventurarme por conocer y trabajar en ese mundo misterioso. Es así como llegué a Iquitos el 13 de abril de 1972 y lo primero que busqué en las librerías (siendo una de las mejores la librería “Mosquera”),  fue literatura amazónica y sólo encontré el poemario Noches de guardia, que de inmediato lo compré. El 14 de abril en compañía del ingeniero Ramos viajé a Tamshiyacu en un botemotor, fue un viaje novedoso, sobre todo observar durante el viaje el baño del atardecer de las mujeres desnudas a lo largo del río Amazonas, todas con un comportamiento natural, sin ninguna vergüenza ni pudor. Ya en el Instituto Agropecuario Nº 75 de Tamshiyacu en su biblioteca encontré la novela Sangama, que lo leí de inmediato y comenté a los profesores, entre los cuales se encontraba uno apellidado Sangama y cuando finalizó su lectura lo primero que pregunté al profesor Juan Sangama fue si era verdad los diversos sucesos de la novela en plena selva virgen y él me dijo que eran ciertos; verdad que fui comprobándolo durante los cinco años de mi permanencia en el lugar, a tal punto, que llegué a la conclusión de que la novela Sangama es una especie de manual para subsistir en la selva. También le pregunté si existía el puente largo de Requena (él  había estudiado en dicha ciudad) me comentó que sí existía pero cuando viajé a la ciudad ya no había pero los pobladores me comentaron que desapareció por el cambio de curso del río. También pude constatar que la chicharra machacui es venenosa solamente en la temporada que el árbol llamado lupuna florece. De igual modo constaté sobre la existencia de ese manjar que comía Jenarito y era el tostado de un insecto llamado suri, manjar que me agradó, pero constaté que era una ficción la narración sobre la yacumama.   
            Mi permanencia en Tamshiyacu fue decisiva para dedicarme a la intensa lectura de la literatura amazónica durante cinco años en que comencé a escribir el Proceso de la Literatura Amazónica que se encuentra inédita y cuando llegué a trabajar en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana fue mayor mi dedicación a la Literatura Amazónica, especialidad que en mi vida es una pasión y de constante búsqueda de numerosos textos que apenas los conozco por su título y se siguen presentando en los lugares más inusitados como las diversas bibliotecas escolares de la costa peruana, mientras en las bibliotecas de la amazonía no existen.

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