jueves, 1 de marzo de 2012

El Periodista


En la literatura amazónica son escasas las novelas que tratan sobre los periodistas y la estructura social y política de Loreto. Entre ellas podemos citar a “Pantaleón y las visitadoras” de Mario Vargas Llosa, que de manera tangencial refleja la corrupción que se presenta en los medios periodísticos. Pero es Ricardo Vírhuez, con la novela “El periodista” (Lima, Arteidea, 1996), quien desnuda el oscuro mundo que rodea a los presuntos “comunicadores sociales” y al discutido regionalismo loretano. Premunido de una prosa poética, logra el narrador no sólo un alegato social apasionado, sino también una hermosa novela, calificada por el poeta Julio Nelson como “una novela perfecta” y saludada favorablemente por la crítica nacional, lo que nos hace avizorar una novelística nueva en la amazonía peruana. (Manuel Mosquera Mugarra).



Una entrevista con Ricardo Vírhuez Villafane.


Carlos Fuller Huanuire / Iquitos



¿Por qué el periodismo como tema?

-Es algo que me atrae desde niño. Es decir, el asunto de la libertad de expresión. Cuando leía las biografías de los grandes literatos y filósofos de siglos pasados y era "testigo" de la quema de sus libros y las persecuciones que se les hacía por opinar contra el poder, sentía que eran tiempos heroicos y pasados que nosotros nunca viviríamos. Pero la realidad me mostró lo contrario. No solo por la quema de libros como “La ciudad y los perros” de Mario Vargas Llosa, sino porque un centenar de ejemplares de mi primer libro publicado en 1992, “Las hogueras del hombre”, fue decomisado por la policía en Huancayo y no se me permitió su presentación en el Instituto Nacional de Cultura ni en la universidad. ¿Podía hablarse de libertad de expresión? Ese tema me sigue apasionando.

Pero tú te refieres principalmente al periodismo loretano.

–Sí, y es una pena lo que ocurre en la realidad. Lo que pasa en la novela es una síntesis de una serie de conductas que todos conocemos y que son presentadas no para hacer una crítica estéril, sino para ahondar en el problema, sentirlo cerca y presentar ideas que movilicen las conciencias honestas. No olvidemos que el personaje narrador, en uno de sus arranques reflexivos, clama por una generación crítica para Iquitos.

Algunos opinan que escribiste con cierta rabia.

–Pues no es así. Escribir es un placer indescriptible, que se goza con conciencia intuitiva y amor por la palabra. Escribí enamorado del lenguaje, de mis personajes y sus problemas. Lo que les pasaba a ellos me pasaba a mí mientras escribía. Se escribe con el alma, con el corazón, con todo el cuerpo. Lo que pasa es que algunos lectores han 'descubierto' que uno de mis personajes se parece mucho a una persona real no precisamente grata. Qué se va a hacer. Cada uno tiene el derecho de interpretar la novela a su gusto.

Cuando aparece Juliana, el narrador se transforma en poeta.

–Ah, Juliana... Juliana es una mujer bella y también es una trampa. Habrás observado que hay básicamente dos lenguajes: el referido al crimen, que es realista y por momentos reflexivo y crudo, y el que se refiere a Juliana, que es poético. Bien, la novela la he trabajado en base a contradicciones. He allí el secreto de todo. Un lector atento no debe quedarse únicamente en la afirmación literal, sino que hay que prestarle atención a la ironía. La ironía eleva a símbolos a muchos de los personajes y sus acciones, y también los desacraliza, los hace menos solemnes y uno hasta se burla de ellos. Juliana no es solo una mujer. Es también un fin, una meta, un sueño. Por eso el narrador nunca se la lleva a la cama.

Esta no es tu primera novela.

–Es la sétima y la última que escribí. Y esto también es irónico, porque las novelas que más trabajo me costaron fueron las primeras, cuando uno se sabe inexperto. Luego te vas soltando y la cosa sale con menos traumas y más naturalidad. No quiero decir con esto que escribir es fácil, sino que uno se siente más a gusto, más en confianza con la palabra, que ya es nuestra amiga, nuestra mujer, todo.

¿Alguna autocrítica sobre tu novela?

–Mmm... Creo que el estilo reflexivo que aparece en varios momentos de la novela detiene la acción, y crea la errónea imagen de personajes demasiado lúcidos, una apariencia de didactismo que nunca fue intencional.

Y para terminar, ¿qué otros planes literarios?

–De escritura, muchos planes. De publicación, no sé. Eso depende de los editores.

(Publicado en Iquitos, 1996).

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