viernes, 2 de marzo de 2012

Walter Pérez Meza y su cuentística


Walter Pérez Meza rodeado de estudiantes pucallpinos.

Carlos Alberto López Marrufo / Pucallpa

La definición de cultura en nuestra región Ucayali aún no ha logrado integrar y estructurar una concepción y sentir holísticos, limitándose sólo a aquello que esté relacionado con diversidad, de la que, por cierto, debemos sentirnos orgullosos, aun cuando sólo es una parte de la identidad cultural.
Procuramos, mayormente, mirar en la diversidad y riqueza culturales de nuestra región una oportunidad de ingresos económicos que, si bien incrementa el erario regional, transforma la mentalidad del poblador de a pie, haciéndola utilitaria y mercantilista.

En este sentido, la literatura, por ser una actividad artística poco rentable, pues se ha restringido su éxito y aceptación a la cantidad de lectores de una obra determinada y, en consecuencia, a la cantidad de libros vendidos, ha perdido protagonismo en la formación de la identidad regional, siendo en realidad la primerísima fuente de cultura en el mundo.

Walter Pérez Meza, de la misma manera que sus compañeros del grupo “Maldita Boa”, considerando aspectos bastante precisos en cuanto a los componentes básicos de toda obra literaria, ha sabido volcar en su cuentística todo aquello que forma parte del entorno cultural del poblador ucayalino, e incluso amazónico, así, el mundo que representa en sus creaciones se ve nutrido por su horizonte de experiencias: experiencia con el léxico, experiencias de vida y experiencias lectoras, pero aquí habría que añadir su experiencia con la pluma.

El mundo representado en una obra está conformado por la expresión empleada en ésta, las formas de vida representadas, los personajes y su simbología y el ambiente representado. Todos estos elementos se pueden hallar en la obra del preclaro artista motivo de este artículo y es precisamente mi objetivo explicar cómo, de manera acertada, confluyen en su narrativa.

La expresión sencilla y amena representada en Semilla de Mëraya, La Cushma, El Emperador Invisible, Sueño de Ayahuasca o Morir en Pucallpa, accesible para todo lector, pues evita la complejidad en la sintaxis y el uso de tecnicismos y cultismos inapropiados y hasta odiosos, es enriquecida con regionalismos, como tullpa, Fanita, ñahuinchándote, playabuches, shontolones, tambo, patco, huinshita, etc., y vocablos propios de la lengua shipiba, bari, oshë, shitonti, rononbari, chaikoni y otros, acercándonos a nuestras raíces. La corrección gramatical o social de los términos queda en un muy postergado plano.

Las formas de vida, es decir, de relaciones sociales, familiares, tecnología, vestido y relaciones laborales o productivas, están también plasmadas en los diferentes cuentos. La Cushma, por ejemplo, habla de la poligamia permitida en el pueblo shipibo; La Virgen Cocama trata de la aptitud para el matrimonio en el caso de las mujeres indígenas cuando llegan al momento de la menarquia. También nuestro autor considera costumbres propias del pueblo mestizo ucayalino, pues cuando Pérez Meza recrea sucesos en tiempos cuya bonanza estaba ligada al narcotráfico, como en El Emperador Invisible, surgen el machismo, la infidelidad; la prosperidad, la lucha por el logro de ideales y la decepción, según sea el tema, como en Sorpresa, también están contemplados. Obtenemos datos, también, acerca de usos tan comunes como el empleo del huito, la canoa, el machete; el consumo de masato o de ayahuasca y la práctica de actividades económicas como la caza o la pesca. Lo que explico en este párrafo está íntimamente vinculado al quehacer y modos de vida del lector ucayalino.

Ahora bien, qué significan, entre otros, oshë, bari, los mëraya, los chaikoni, todos vitalizados en cuentos como La risa de Oshë, Ani Tshiati o Semilla de Mëraya. Pues de hecho no son sólo lo que la traducción nos dice. Son seres divinizados o entronizados en sublimes asientos por la mente del poblador indígena shipibo. Son personajes cuya significación es trascendente y profunda, nacen del alma y de la mente del hombre ucayalino, pues son fuente de vida y conductores del destino.

Pero no es nuestra región únicamente indígena, también es mestiza, por esto es que el Loco Pashanashi de Morir en Pucallpa, Diznarda, cuyo nombre provee el título al cuento que protagoniza, Hiroito Cashú Isuiza del Emperador Invisible, Teodoro y Aquiles de Balada de la canoa,  la viuda Carmicha de De Josefina a Cleopatra, la insaciable Shiquiña de La Shiquiña o Tula y Jaimito de La Fe de los cojudos son personajes que simbolizan la frustración, la alegría, la traición, el arribismo, el amor ciego, la resignación, la intriga, la explotación, la pobreza y la inteligencia, realidades de las que todo lector de nuestro pueblo está rodeado.
Ríos como el majestuoso Ucayali, la agreste selva y cochas hermosas son parte de los ambientes rurales presentados por Walter Pérez en sus cuentos, sino leamos Semilla de Mëraya, La Cushma, El Guía, Panchito o La Risa de Oshë, la descripción magistral de estos paisajes no puede causar más que asombro y amor por nuestra tierra ucayalina. Lugares tan familiares como el Hospital de Pucallpa, Yarinacocha, Nuevo Bagazán, la guarnición del Pijuayal, Tocache, Baguanisho, el cine Rex, Contamana o una parrillada, los podemos encontrar y transitar por ellos en La oración final, El chejo Pizango, La Sorpresa, Las Runamulas o La Blusa Hindú.

Sin duda, entonces, Walter Pérez Meza es, a través de su cuentística, un soporte, una columna importante y sólida que desde la literatura contribuye a la formación y consolidación de la identidad cultural regional del pueblo ucayalino, atrevámonos a sumergirnos en su prosa y vivir la aventura de una obra exquisita, plena de todo lo conocido y desconocido de nuestra selva, sí, atrevámonos.

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