jueves, 1 de marzo de 2012

Flor silvestre, de Elí Caruzo


Elí Caruzo.

Luis Hernán Mozombite / Huánuco

La literatura selvática, en la mayoría de los casos, no ha logrado por lo general superar un folklorismo regionalista que, en un primer momento, puede impresionar como un dato curioso e interesante, pero que al cabo de un tiempo deviene en algo de poca trascendencia y superficial, que más que enriquecerla la empobrece.
Son pocos los escritores selváticos que han escapado a esta circunstancia. Los casos más notables que podemos citar son los referentes a Arturo Hernández (1905-1970), el autor de Sangama (1942), Selva trágica (1954) y Bubinzana. La canción mágica del Amazonas (1960); Francisco Izquierdo Ríos (1910-1981), autor, entre otras obras, de Gregorillo (1957), Los cuentos de Adán Torres (1965), Mateo Paiva, el maestro (1968) y el extraordinario cuento El bagrecico; el talentoso poeta y narrador César Calvo, que publicó la novela Las tres mitades de Ino Moxo (1981), etc.
En la actualidad, sobre todo en Iquitos, se está desarrollando una pujante literatura que, sin dejar de recibir el influjo telúrico de la región amazónica, se ha modernizado con los aportes de la literatura universal contemporánea. Sin embargo, en San Martín, Ucayali y la zona selvática de Huánuco este proceso recién se está iniciando y, todavía, le falta mucho camino por recorrer. Es en este contexto donde surge la obra narrativa de Elí Caruzo García.
Nacido en la cálida ciudad de Tingo María, en 1963, Elí Caruzo tiene en su haber los libros El mejorero y otros cuentos, editado en 2003, y Flor silvestre (2011). Así mismo, se hizo merecedor del tercer y segundo premios en la primera y segunda versiones, respectivamente, del concurso Premio de Cuento Ciudad de Huánuco, convocado por el Instituto Nacional de Cultura Filial Huánuco yla Empresa Periodística Perú. Y, finalmente, en 2007, la institución cultural ya citada le otorgóla Medalla del Arte yla Cultura, en la mención de Literatura.
Quisiera detenerme brevemente en su caso. Elí Caruzo concluyó sus estudios primarios y secundarios. Intentó, después, profesionalizarse, pero al parecer las urgencias que nos presenta la vida no le permitieron llevar a buen término ese propósito. Se dedicó a la agricultura –de eso vive–, a leer mucho en sus ratos libres y a escribir con tesón y perseverancia. Nacido en un medio poco propicio al cultivo de las actividades culturales, estos dos libros de Elí Caruzo García lo erigen como un ejemplo digno de ser imitado. Él vive prácticamente aislado del resto de escritores huanuqueños. Y, a pesar de ello, esos dos libros lo muestran como alguien profundamente enterado de las modas literarias, como un versado en la labor de estructurar relatos que nada tienen que envidiar a lo que se hace en otras partes del país y en la capital. Ese es el gran mérito de Elí Caruzo, escritor autodidacta, certeramente intuitivo y con un porvenir que le deparará –estoy seguro– más y mayores éxitos.
Flor silvestre, el nuevo libro de cuentos de Elí Caruzo García, viene a sumar diez narraciones más al corpus narrativo de este autor. Diez narraciones que abordan básicamente la temática de la violencia, no solamente encasillada en la que sacudió esta región durante los años más críticos de la subversión (Reencuentro con la camarada HeidiCanje de vida), sino incluso en sus manifestaciones más individuales e íntimas, como las del desprecio que padece una jovencita por proceder de un hogar pobre (Lágrimas en la fiesta de promoción), o los zarpazos de los celos conyugales que dejan huellas profundas en las conciencias de las personas que las sufren (ADNCuando muere el amor), o los remordimientos por los maltratos infligidos al hijo y que le causaron la muerte (Remordimiento tardío), etc.
Lo que interesa más a Elí Caruzo no es tanto el relato de los hechos que marcan a los personajes de sus cuentos, sino mostrarnos el conflicto que esos hechos generan en las conciencias de los mismos. Es decir, se mete en el alma de sus personajes para mostrarnos sus dramas desde adentro, y lo hace con una solvencia de consumado observador de los diferentes tipos humanos que presenta una sociedad como la nuestra, incidiendo sobre todo en seres marginales, “víctimas (…) de la época y su entorno”, como muy bien apunta en el prólogo el escritor Mario A. Malpartida Besada.
La mayoría de los relatos están narrados desde la perspectiva de la tercera persona, pero también hay relatos donde los mismos protagonistas, utilizando la primera persona, narran los dramas de sus vidas. Incluso, un relato, Canje de vida, combina hábilmente ambas perspectivas. En lo que respecta al lenguaje, se advierten muy pocas expresiones dialectales, propias de la región; incluso en los diálogos y monólogos el habla formal se impone a lo largo de los textos; sin embargo, aquello no les resta frescura e interés a las historias.
Los recursos utilizados por Elí Caruzo para estructurar sus cuentos son totalmente modernos. Aprovecha muy bien los aportes de los narradores contemporáneos. En sus textos no vamos a encontrar las formas convencionales de construir una historia, pues echa mano del monólogo interior o del monólogo a secas; de argumentos que no siguen una línea secuencial, sino que presentan avances y retrocesos en el tiempo y cambios bruscos de escenarios; también se nota un buen manejo del suspenso y de la intriga para terminar casi siempre con finales sorpresivos.
Finalmente, debemos resaltar el hecho de que Tingo María y sus alrededores se configuran como escenarios preferidos por el autor, sin que ello quiera decir que otros escenarios estén descartados, como las ciudades de Lima y Huánuco. De esa manera, esta zona geográfica del país ingresa por la puerta grande a la literatura nacional. Es cierto que Tingo María ya figura en novelas como Los cachorros de Mario Vargas Llosa o La muralla verde de Armando Robles Godoy. Pero, en el caso de Elí Caruzo, lo valioso es que por primera vez lo hace un escritor nacido en estos lares.
Quisiera terminar, haciendo mías estas palabras de Mario A Malpartida: “En definitiva, con este excelente libro, el autor nos ofrece su propia visión de un espacio y de un tiempo aún no olvidados, con notables logros literarios, porque ha conseguido amalgamar artísticamente la fuerza de la palabra creadora con la increíble y lacerante realidad que vivió de cerca”.

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